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LAS GUARDIANAS INVISIBLES DEL YOGA

MUJERES Y LA CONTINUIDAD SILENCIOSA DE UNA TRADICIÓN VIVA

Una continuidad que no siempre se ve

A lo largo de su historia, el Yoga ha atravesado invasiones, transformaciones culturales, procesos de colonización y periodos de profundo cuestionamiento. Ha sido reinterpretado, reformulado e incluso ridiculizado. Y, aun así, ha sobrevivido.

Cuando pensamos en esa continuidad, solemos imaginar linajes de maestros, textos antiguos y grandes figuras espirituales. Pero hay otra historia -más silenciosa, menos visible- que rara vez se cuenta: la de quienes sostuvieron el Yoga fuera de los espacios institucionales, lejos de los textos y de la autoridad formal. 

Esa historia está, en gran medida, en manos de las mujeres. 

 

Sostener el Yoga fuera de las instituciones

Durante siglos, en muchos contextos de la India, las mujeres tuvieron un acceso limitado al estudio del sánscrito, a la enseñanza formal de los Vedas y a la participación en los rituales públicos. Su autoridad espiritual rara vez fue reconocida dentro de las estructuras oficiales.

Sin embargo, el Yoga no depende únicamente de estructuras formales para transmitirse.

Mientras el conocimiento se consolidaba en textos y linajes predominantemente masculinos, las mujeres sostuvieron el Yoga en otros espacios: en el hogar, en los rituales domésticos, en los cantos, en las historias contadas a los hijos y en la repetición de nombres divinos.

Este tipo de transmisión —íntima, relacional, cotidiana— ha sido una de las formas más eficaces de continuidad cultural. Reconocer esto no resta valor a los linajes formales, sino que amplía la mirada para entender que el Yoga ha sobrevivido gracias a múltiples niveles de transmisión, no todos visibles.

 

Una presencia constante, aunque poco reconocida

La invisibilidad de estas mujeres no debe confundirse con ausencia.

En la India védica temprana (c.1500-500 a.C), como muestran los himnos del Ṛg Veda y los diálogos de las Upaniṣads, las mujeres participaron activamente en la vida intelectual y espiritual. Figuras como Gargi Vacaknavi o Maitreyi, brahmavadinis ambas (filósofas, académicas, dedicadas al estudio védico) no solo escuchaban: debatían y cuestionaban. 

La posterior exclusión femenina del conocimiento védico fue un proceso histórico, no una condición original.

A partir de ese desplazamiento, muchas mujeres continuaron su camino espiritual fuera de los espacios institucionales. Y es ahí donde su papel se vuelve especialmente significativo.

Porque si bien se les negó en gran medida la voz en los textos, no se les pudo arrebatar la experiencia. El Yoga no solo se escribía: también se susurraba, se cantaba y se vivía en lo cotidiano. 

 

Bhakti: devoción y transformación 

El movimiento Bhakti (siglos VII-XVII) supuso un punto de inflexión al proponer una relación directa con lo Divino, accesible a cualquier persona independientemente de su casta, educación o género.

Este movimiento no solo transformó la espiritualidad, sino también el tejido social. Al debilitar jerarquías, muchas mujeres encontraron un espacio para practicar, expresar y transmitir.

Figuras como Mirabai, reconocida por ser una princesa que renunció a su vida acomodada para convertirse en santa y poeta mística; Gangasati y Panbai, suegra y nuera que compartían sus experiencias devocionales; Janabai, una santa de la más baja casta que compuso poemas sobre la igualdad…, no solo vivieron una espiritualidad intensa, sino que, a través de ella, cuestionaron normas sociales y estructuras de poder. 

Junto a ellas, innumerables mujeres anónimas desarrollaron, a través del Yoga, una fortaleza interna que les permitió sostenerse frente a contextos restrictivos. La devoción se convirtió en una vía de autonomía y transformación. 

 

Práctica, fortaleza y transformación

Aunque estas mujeres vivieron en contextos muy distintos al nuestro, no nos son ajenas. También hoy, en diferentes formas, las mujeres siguen enfrentándose a límites sociales, expectativas culturales y estructuras de poder. Y también hoy, muchas encuentran en la práctica del Yoga una vía de transformación interior.

Una práctica sostenida en el tiempo no solo calma la mente o flexibiliza el cuerpo: genera una fuerza interna. Una claridad que permite cuestionar, sostenerse, atravesar el miedo, redefinir los propios límites.

Y esta es una de las formas más potentes de transmisión: no solo enseñar prácticas, sino experimentar la posibilidad de vivir de otro modo. 

 

Semillas que aseguran la continuidad

Para comprender esta forma de transmisión, la imagen de las semillas resulta especialmente útil.

El yoga no ha perdurado únicamente porque haya sido sistematizado, sino porque ha sido transmitido de manera constante en distintos niveles. Como una semilla que se adapta al terreno sin perder su estructura, la práctica ha encontrado modos de subsistir incluso cuando sus formas visibles se transformaban.

Muchas mujeres han actuado como portadoras de esa continuidad, de esas semillas espirituales. 

Hablar de “semillas espirituales” no implica atribuir a las mujeres una esencia fija o una función predeterminada, sino reconocer un hecho histórico: cuando ciertos espacios de conocimiento se cierran, otros modos de transmisión emergen.

Hoy, cuando el Yoga ha cruzado fronteras y se practica en contextos radicalmente distintos a aquellos en los que surgió, esta dinámica sigue presente, aunque adopte nuevas formas. Por eso la pregunta ya no es solo cómo se transmitió el Yoga en el pasado, sino qué es lo que realmente se está transmitiendo ahora. 

 

Del linaje al cuerpo: el giro moderno

En el tránsito hacia Occidente, el Yoga no solo cambia de contexto: cambia también su forma de ser percibido, enseñado y practicado.

En este nuevo escenario, aparece una cierta tensión. 

Por un lado, el Yoga se convierte en una práctica ampliamente asociada a lo femenino, especialmente en su vertiente contemporánea: clases mayoritariamente ocupadas por mujeres, donde se priorizan el cuidado, la introspección y el bienestar, y una estética que, en muchos casos, se aleja de las formas tradicionales de transmisión.

Por otro lado, las figuras de autoridad —los grandes nombres que estructuran los linajes modernos— siguen siendo, en su mayoría, masculinas.

Esta tensión no es casual.

El Yoga moderno, tal como lo conocemos hoy, es en gran parte el resultado de un proceso de reformulación que tuvo lugar entre finales del siglo XIX y el siglo XX. Figuras como Vivekananda, Yogendra o Kuvalayananda reinterpretaron el Yoga para hacerlo accesible, compatible con el pensamiento científico y adecuado a un público global. En ese proceso, ciertas dimensiones del Yoga fueron enfatizadas —especialmente las prácticas psicofísicas— mientras que otras quedaron en un segundo plano.

Pero incluso en este contexto, la transmisión no fue exclusivamente masculina.

Figuras como Sita Devi Yogendra, cofundadora del Yoga Institute y autora de uno de los primeros textos de yoga dirigido a mujeres (1934), jugaron un papel clave en adaptar y transmitir el Yoga en contextos cotidianos y familiares.

Más adelante, con la expansión global del Yoga postural, se consolidó una forma de práctica centrada en el cuerpo, la secuencia y la técnica.

Y aquí se produce un desplazamiento importante.

El Yoga comienza a identificarse, progresivamente, con lo visible: el cuerpo, la forma, la postura.

Pero el Yoga, en su sentido más amplio, nunca fue y nunca ha sido solo eso. Los textos repiten una y otra vez que las prácticas físicas son un medio y no un fin. La finalidad sigue siendo la transformación interior, la claridad mental, la liberación.

Esta distinción es fundamental.

Porque cuando el Yoga se reduce a técnica, corre el riesgo de perder aquello que lo sostiene como camino: el autoconocimiento, la entrega, la confianza, la relación con algo que trasciende el propio yo.

Y es aquí donde la cuestión de la transmisión vuelve a ser central.

 

Una continuidad silenciosa, también hoy

Hoy, el Yoga se practica en entornos muy distintos a aquellos en los que surgió. Sin embargo, la lógica de su transmisión mantiene continuidades profundas.

En múltiples contextos culturales, son muchas las mujeres que sostienen espacios, grupos, comunidades, procesos personales acompañados. En ellos, el Yoga sigue transmitiéndose como lo que siempre ha sido en esencia: una forma de relación con uno mismo, con la vida y con lo sagrado. No siempre desde posiciones de autoridad institucional, sino desde espacios más cercanos: pequeños grupos, salas, encuentros.

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De nuevo, el Yoga se mantiene vivo no solo en sus formas visibles, sino en su práctica continuada, en su esencia.

Y esto no excluye el trabajo de muchos hombres que transmiten el Yoga de forma honesta y comprometida. Pero sí permite reconocer una tendencia histórica: en el entramado cotidiano de la tradición, las mujeres han sido, con frecuencia, guardianas silenciosas de esa continuidad. 

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